Con la llegada de los primeros signos de la primavera, el viñedo de Barahonda entra en uno de sus momentos más sutiles y a la vez más reveladores: el lloro de la vid.
Tras el reposo invernal y la poda, la planta comienza a reactivarse. Las raíces, impulsadas por el aumento de la temperatura del suelo, retoman su actividad y empujan la savia hacia arriba. Es entonces cuando, en los cortes recientes de la poda, aparecen pequeñas gotas transparentes: la vid “llora”.
Este fenómeno natural no es solo un signo visual, es el inicio del nuevo ciclo vegetativo. La savia que fluye es vida en movimiento: transporta nutrientes, reactiva tejidos y prepara la planta para la brotación que llegará en las próximas semanas.
En nuestros viñedos de Yecla, este momento tiene un valor especial. Es silencioso, delicado, casi imperceptible si no se observa de cerca, pero marca el comienzo de todo lo que vendrá después: los primeros brotes, el crecimiento, la maduración y, finalmente, la nueva añada.
El lloro de la vid nos recuerda que el vino empieza mucho antes de la uva. Empieza aquí, en este instante preciso en el que la tierra vuelve a latir dentro de la planta.
El viñedo ha despertado.