Después del silencio del invierno y de los meses en los que aparentemente no ocurre nada, la planta despierta. Primero llega el lloro de la vid. Después, la brotación. Y ahora, casi sin avisar, aparecen los pequeños racimos verdes que algún día serán uva, vino y memoria. Es un proceso que sucede cada año y, aun así, nunca deja de emocionar.
Porque en el fondo sigue teniendo algo de milagro. Que una planta aparentemente dormida vuelva a llenarse de vida. Que el paisaje cambie en apenas unas semanas. Que de algo tan pequeño pueda nacer el carácter de un vino entero. Ahora comienza una etapa decisiva donde el viñedo comienza a definir, poco a poco, cuánto dará y cómo lo dará. Y mientras tanto, nosotros acompañamos ese proceso intentando intervenir lo justo para que la naturaleza encuentre su mejor versión.
Hay algo profundamente emocionante en trabajar con ciclos que se repiten y, aun así, nunca son iguales. Ninguna primavera es idéntica a la anterior. Ninguna añada se comporta exactamente igual. Por eso cada campaña vuelve a sentirse como una primera vez, quizá ahí reside la grandeza del vino: en entender que todo empieza mucho antes de la botella.